Vivir no es fácil, eso lo sabe cualquiera con dos dedos de frente. Lo saben los chinos, los armenios, los españoles, y cualquier ciudadanito de a pie de los tres continentes. Es como ligar; ya se puede esforzar uno a base de bien que, o tiene una planta de armario de las que dan un susto al miedo, o lleva consigo un rostro agraciado, con mirada penetrante y sonrisa embaucadora, de esa que brilla en la penumbra más oscura. O también, cómo no, una obesa cartera para sacarla a pasear ante los morros de quienes queramos impresionar. Lo malo del asunto es que lo de la cartera, a estas alturas de la película, va a ser que no.
La vida puede ser un camino interesante, lleno de luz, como las ilusiones, o de pétalos caídos, como los recuerdos, o de piedras incómodas, como las que se cuelan en los zapatos al trotar por un parque; sensaciones que de una u otra clase, son capaces de inundar nuestro día a día con algo nuevo, repetido o insufrible. La riqueza se aleja, se desprende del diccionario y se larga, dejando un triste rastro de calderilla que otros, desesperados, se lanzan a recoger. Los pobres, esa clase cada vez más amplia, ruegan de rodillas y rezan, penitentes y endebles ante una sociedad con las manos atadas, presenciando en primera fila la podredumbre y la corrupción que serpentea bajo los pies. El sueño de muchos pasa de ser alcanzable a imposible, y solo una parte de visionarios oportunistas se lleva de calle la ilusión colectiva. Pero esta realidad puede dejarse aparcada, por ahora.
Voy a contar una historia, una de verdad. Verdad, qué gran palabra; bonita, sincera, directa y limpia. La pena es que no abunda demasiado en nuestro camino, pero no por ser incapaces de usarla, muy al contrario, al menos los que nos consideramos de ley. Hay que reconocer que ese trasiego de embustes, de ‘dimes y diretes’, de ‘rollos macabeos’ o de burdas y viles mentiras, no hace más que minar lo que algunos, tan listos como desgraciados, han querido dejarnos en señal de propina para una ‘vida digna’, es decir, alcanzar la mayoría de edad sin tener un techo, ni un trabajo, ni un vale de comida para el menú barato del bar de la esquina. Y cuando las personas dejan de poder valerse, debido al vengativo paso del tiempo, lo poco que tienen se les quita, o se le roba, según queramos entender esa gran verdad que rubrica ciertos juegos de palabras. El frío luce sus galas y decide quedarse, apalancado, echando raíces donde antes hubo sonrisas. Mientras tanto, otros viven, se regodean, trapichean y se promocionan, arrastrando el morro y la fama, que parece no importar cuando no hay huecos en los bolsillos. Pero la vida, esa vida, sigue. Y mientras tanto, aquellos que se han empeñado en torcer los sueños a golpe de demencia, se superan cada día, en un alarde canalla y sin pizca de honestidad.
Cuando el tedio más aberrante araña a cinceladas el hueco por donde colarse, el molesto reflujo del malestar entra en ebullición. Bajo las uñas, el recuerdo de cuanto tenemos, negro como el futuro, encapota las caricias de un sol mañanero con buenas intenciones. A medida que el día echa a correr, nos gana sin esfuerzo con un gesto que en nada se parece al nuestro, hecho mueca, inscrita en un semblante mohíno y anonadado. Las llagas de una ilusión sin sonrisa gotean injustas penas, afilando con rabia la escarcha de un calor inexistente, deteriorando cualquier tipo de fe. Y mientras tanto, dejando libre al azar en sus decisiones más íntimas, los últimos trenes pasan de largo, y la estación de la vida ya no se arregla con otra capa de pintura. El miedo vence y cae la mirada, sin salida ni horizontes donde posarse, rota por los extremos. La cuerda que sostiene al ser, raquítica y algodonada, va rozando el suelo mientras pierde su fuerza, como los humanos de este mundo, cada vez menos habitable.
Pero vamos a un comienzo, uno de tantos...
Continúa en mi libro 'Vida Perra'

















































